h1

Volveremos a encontrarnos

noviembre 8, 2006

Un grito en un aeropuerto. Un grito que tardé varios instantes en darme cuenta de que provenía de mi garganta. Y de pronto, la fina línea que separa el pasado y el futuro empezó a difuminarse, como si un repentino cambio de viento hubiera enderezado la veleta que marcaba mi camino, alejándome de los paisajes conocidos y habituales, y llevándome hacia un extraño territorio en el que cualquier cosa era posible.

Y aquí estoy, cuatro años después de aquella primera ilusión, tratando de poner en palabras las innumerables sensaciones, sentimientos e ideas que se agolpan en mi mente tras regresar a casa después de la última y más espectacular de esta serie de aventuras, la tercera cena parchisera. Es inútil que trate de ordenar mis ideas, pues cada vez que lo intento, empiezan a pelearse entre ellas, discutiendo cuál va a ser la primera en salir, así que lo mejor que puedo hacer es dejar de buscar el orden y la coherencia, y convertirme por un momento en un mero espectador de lo que pueda caer sobre este papel virtual.

Empezaré por admitir que todo lo que pueda escribir hoy, debía de haberlo dicho hace dos noches, cuando unos cuantos valientes, o al menos más valientes que yo, se pusieron en pie y trataron de transmitirnos a los demás lo que ellos sentían y pensaban de lo que les rodeaba, de lo que habían vivido hace años, o lo que esperaban continuar viviendo. Pero no, no hubo manera, tanta capacidad de decir tonterías, y tan poca para enlazar dos frases consecutivas cuando se trata de hablar en serio… En fin, dado que no pude hacerlo entonces, no voy a dejar que pase el tiempo sin hablar ahora de lo que ha significado todo esto para mí.

Yo era aún un jovencísimo proyecto del tipo que soy ahora, cuando el Efecto Parchís se coló en mi vida. Es difícil recordar aquellos años en los que ni siquiera sabía cómo poner un vinilo en un tocadiscos, y tenía que pedirle a mi madre, o al primer “mayor” que tuviera a mano que me pusiera el disco ése, sí, el que era amarillo y su funda era un globo de colores en cuya cesta asomaban unos rostros sonrientes. Pero en cambio, no olvido ese disco, ni los saltos que daba en el salón de casa, ni las peleas porque me había pedido ser la ficha roja antes que mi primo, ni las risillas cuando esa chica que me dejaba los plastidecor se pedía la ficha amarilla…

Luego fueron pasando los años, y de pronto, sin saber por qué, todas aquellas canciones que había aprendido de tanto insistir con: “dale la vueltaaaaa” o “ponlo otra veeeez”, se habían perdido en algún lugar olvidado de mi memoria, y ni siquiera recordaba que las había olvidado. Y sin embargo, de alguna manera, seguían allí, su influjo, el sentimiento que transmitían, formaba ya parte de lo que era, condicionando de algún modo mi forma de ser, y guiándome hacia donde aún sigo viajando. Esos años en los que tratas tan desesperadamente de dejar de ser un niño, que apartas todo lo que has sido hasta ese momento, tratando de averiguar cómo ser un adulto lo antes posible, sin comprender que al instante siguiente, estarás deseando poder volver a correr por la calle persiguiendo una pelota, o venciendo a enemigos imaginarios al grito de “¡Fénix en llamas!”.

Pero pasaron esos años extraños y confusos, y de pronto un día recordé que había habido una época en la que mi mayor ilusión era ponerme una camiseta roja y cantar “Sueño con ver una vez más, tu pelo largo, tu nariz, tus ojos verdes como el mar…” en honor a una sonrisa descarada con falda amarilla. Recordé que había habido una época en la que rodaba por el suelo una y otra vez tratando de imitar los brincos de un chiquillo vestido de blanco. Recordé una alegría tímida con un traje verde, y una frescura traviesa con pecas y traje azul. Recordé, o más bien, descubrí, que ese “yo” que había guardado en el fondo del baúl, era una parte esencial de mí, esa parte que hablaba de la amistad, de la alegría, de la ilusión, de la fantasía, de la picardía, de la inocencia. Esa parte que había sido tocada por la varita de la magia de Parchís, ese trocito de infancia que de algún modo se había negado a olvidarse de mí como yo me había olvidado de él, y que reclamaba ahora el lugar que por derecho le correspondía.

Quizás ese día no fuera un día, sino dos, o seis, o cien, pero sea como fuere, algo había cambiado, o puede que en realidad, más que cambiar, lo que había hecho era volver a donde había empezado. Pronto encontré aquel disco amarillo, con aquella funda en forma de globo desplegable de colores, y ese pequeño trocito de niño que había reaparecido en mí, se hizo un poco más presente, aguardando su momento para regalarme con todas sus locuras, aventuras y alegrías en tanta cantidad como mi nuevo “yo” pudiera aguantar. Y ese momento llegó, de la manera más inesperada, sorprendente, y…alocada, sin duda. Aprovechando la utilidad de las nuevas tecnologías, un día como otro cualquiera se me ocurrió buscar en Internet algo relacionado con Parchís. Y ante mi sorpresa, un arsenal de material se desplegó ante mí, convirtiendo las siguientes horas en una especie de viaje en el tiempo, en una vorágine de sentimientos y sensaciones enfrentadas, mezcla de alegrías, tristezas, melancolías y risas, una extraña amalgama de colores que poco podía imaginar que podrían reaparecer frente a mí de esa manera. Y descubrí que como yo, había muchas otras personas ahí fuera, en infinidad de lugares, que aún tenían un trocito rojo, amarillo, verde, azul o blanco dentro de su alma, y los trocitos rojos y amarillos de la mía se lanzaron de inmediato a la aventura de conocer a los demás colores que abundaban por allí.

Y de pronto, la primera gran aventura: la que fuera la radiante niña del chándal amarillo, pasaba por Madrid, en su tránsito hacia un rodaje en otra provincia. Y ante mi propia incredulidad, ese extraño inquilino que empezaba a sentirse muy cómodo dentro de mi cabeza, me susurró algo al oído: “todo está dispuesto para comenzar, ya dejamos de soñar…”. Tras un momento de duda, me decidí, y afirmé que acudiría a recibirla, esperando secretamente que alguien más se uniera a mí en la aventura. Una vieja amiga mía, que había sido partícipe también de aquellos lejanos bailes al ritmo de vinilo en el salón de mi casa, decidió que también ella quería vivir esa experiencia. Y una alegre y alocada chica de Valencia, acompañada por su paciente novio, también acudió a la llamada. Una vez en el lugar, una larga espera, nervios, paseos, hasta que se abrieron las puertas y la vimos pasar. Y durante unos terribles instantes, ninguno de nosotros era capaz de decir nada, mientras veíamos cómo se alejaba. Entonces, por un breve instante, mis ojos bajaron hacia el disco que tenía en las manos, un viejo disco amarillo, con una funda en forma de globo desplegable…

Y entonces ocurrió: un grito en el aeropuerto. Ante mi propio asombro, y el de todos los que me rodeaban, fue mi garganta la que emitió ese grito, y ese grito, en un breve instante, cambió por completo la dirección de mi camino. Ese grito significó la victoria de la ilusión, el triunfo de la fantasía y la magia sobre la realidad tranquila y rutinaria, el comienzo de la locura de colores, el feliz momento en el que el trocito de niño alegre e inocente que con tanto esfuerzo había logrado mantenerse en mí, adquiría por fin un lugar permanente y privilegiado en mi forma de pensar.

Después de aquello, las nuevas aventuras fueron sucediéndose: un viaje relámpago a Barcelona a compartir un café de nuevo con la chica de la sonrisa; una primera cena con los nuevos amigos encontrados en este nuevo rumbo, y con el privilegio de conocer a los dueños por derecho de los colores azul y rojo; una segunda cena, aún más emocionante, con la nueva presencia de la alegre y tranquila risa de verde, que se unió al rojo, amarillo y azul en esta nueva aventura compartida; y por fin, la más emotiva de todas, la cena de hace dos noches, en la que por fin los cinco colores que tanto han influido y cambiado mi vida, se reunieron con aquellos a quienes habían transformado desde tanto tiempo atrás. Puede parecer difícil de comprender que todo esto haya pasado, que no sea una especie de locura o fantasía imaginada, pero sólo resulta incomprensible mientras ese pequeño trocito rojo, o azul, o amarillo, o blanco, o verde, que vive dentro de todos, siga guardado en el baúl. Si consigue salir, su alegría traviesa es la mejor explicación para estas aventuras.

En fin, poco más puedo decir, o poco más hubiera debido decir, de haber tenido algo más que temblor en las piernas y las mandíbulas encajadas cuando era el momento de hablar ante todos esos rostros ilusionados, cuando ella dijo “¿no vas a hablar?”. Me queda aún una efervescente mezcla de sentimientos vagando por mi interior, pero no han sido capaces de expresarse de forma adecuada, y tendrán, como yo, que esperar otra oportunidad más adelante. Sólo me queda alegrarme de que la tan nostálgica canción de “Hasta la vista” indicara con claridad lo que deberíamos tener siempre presente, y es que “no es un adiós para siempre, es sólo por un instante, volveremos a encontrarnos…”

Ah… ¿el grito del aeropuerto? Deberíais haberlo sospechado, dado que fue ese trocito de niño amarillo que me bullía dentro quien lo emitió, fueron dos palabras: “¡Yolanda…! ¡¡PARCHÍS!!”

Jordi G.

Anuncios

4 comentarios

  1. Tranquila mujer, ya queda menos para que puedas volver a pasearte en Porche por Barcelona.


  2. Mejor si se repitiera más a menudo, pero no estoy intranquila, estoy feliz.


  3. mejor es parchis q menudo io tengo 13 años y me encanta parchis sin su magia io no podria divertirme con mis amias joha siomy andrea naty y io te amo tino x 100pre parchis


  4. AAAH QUE BONITO ESCRIBES!!!!!!…FELICIDADES ME HA GUSTADO MUCHO LO QUE HAS ESCRITO, QUE MAS PODIA SALIR DE ESTA BELLA PERSONA, ABRAZOS,,MUAKKSS!

    por Miriam noviembre 12, 2006 at 12:26 pm

    Miriii, sí es precioso, la verdad… pero es de Jordi, ¿eh? Que quede constancia, que el artistazo aquí ha sido él. Claro que yo me he identificado al 100% con sus ideas sobre crecer y asentar el sentimiento colorín en la vida cotidiana…

    por Laura noviembre 13, 2006 at 3:22 pm

    Joder!!! he flipado!!! Que manera de escribir, de expresar, de transmitor… ME HA ENCANTADO JORDI!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

    por Domingo noviembre 15, 2006 at 7:05 pm

    Me ha encantado leerte, me has transmitido muchas cosas y además… me das una envidia increible!!!!!!!!!

    por María del Mar diciembre 8, 2006 at 11:29 pm

    Bonito contraste el de una foto con otra…..

    por Jorge diciembre 26, 2006 at 3:35 pm



Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: