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Gorka

octubre 30, 2007

El día que me dijeron que iba a vivir con nosotros, no me hizo ninguna ilusión.

En esa época yo acababa de comenzar el segundo ciclo de una nueva carrera y estaba tratando de integrarme en una clase ya organizada, con el estrés que eso supone. Agradecía haber encontrado más gente que provenía de otros estudios (finalizados o no) y habernos unido frente a aquellos “pequeños” extraños.

Además, me acababa de trasladar de residencia estudiantil. El asfixiante piso del año anterior había sido sustituido por un caserío (o baserri) regentado por un ladrador y poco mordedor euskoparlante entrado en años que se resistía a dejar demasiadas horas su querida propiedad en manos de estudiantes revoltosos y poco duchos en labores de horticultura.

Los dos pisos del baserri alojaban ya a nueve jóvenes, encontrándonos Manu y yo, junto a una pareja de asturianos-mexicana (ella) en la parte superior de la vivienda. Un madrileño y cuatro vascos -muy vascos- vivirían en su propia casa debajo de nuestro suelo. La convivencia con los artistas del piso de arriba -siempre rodeada de artistas- prometía ser apacible y cargada de la necesaria independencia.

Pero se ve que no era suficiente. Cuando toca asimilar novedades, toca. Creo que fue durante una comida en la universidad que Manu me anunció, entre sorprendido y encantado, que el caserío acababa de hacer un nuevo fichaje para el piso con una habitación libre. El nuestro, claro. Se trataba de una versión -artista también, por supuesto- de Homer Simpson en carne y hueso, me decía, que había llegado a la casa con sillón y no cerveza, sino coca cola, incoporados. Sólo me faltaba eso, no tenía suficiente lío en la cabeza ya, como para tener que soportar a lo que podía resultar un compañero de piso latoso e indolente.

Mi acercamiento a Gorka fue receloso y lento. “Éste va a ser de los que da mala fama a los de Bellas Artes”, pensaba yo. Y es que no sólo era un hombre a una coca cola pegado (con pajita incluída), sino que además tenía otros hábitos harto peculiares: desde preparar arroz en el microondas (sí, agua, arroz y al microondas, copyright Gorka 2003) hasta ser experto en programas del corazón, pasando por extraños horarios que incluían levantarse por la mañana para bajar a desayunar al pueblo (a una considerable distancia) y regresar al caserío para meterse en la cama de nuevo.

Poco a poco me di cuenta de que sus costumbres no sólo no hacían daño a nadie, sino que eran de lo más interesantes. Los horarios de Gorka eran distintos a los de todo el mundo (o casi todo el mundo, ¿verdad, David?), pero él tenía sus motivos y prioridades; comía y bebía de manera extrañamente selecta pero respetaba la alimentación (y los alimentos) de los demás, no es que supiera solamente de temas del corazón, sino que se podía hablar con él de cualquier cosa y era un experto en cine y música exento de snobismo; trasnochaba casi todos los días y eso permitía tener charlas de lo más variopintas (desde David Lean hasta Víctor Elías pasando por las experiencias vitales de cada uno) con él cuando no había que madrugar; empleaba su ritmo propio hasta para la limpieza de la casa pero obtenía resultados impecables y no es sólo que no fuera conflictivo, sino que además su simpatía y tolerancia contribuían al buen ambiente entre los compañeros.

Mis prejuicios y desconfianza se evaporaron completamente ante este peculiar ser, sobresaliente guionista, realizador inimitable -capaz de rodar él solo un increíble cortometraje de acción-, sereno intérprete, eficiente crítico -sus opiniones acerca de nuestros trabajos para clase no tienen desperdicio-, pero sobre todo una persona distinta, independiente pero no huraño, divertido pero no cargante, que vive la vida a su manera, sin pedirle nada a nadie y actúando según su criterio, cuya presencia es siempre motivo de alegría y cuya originalidad se echa mucho en falta.

Una conversación con Gorka siempre trae respuestas inesperadas, datos increíbles y hasta valiosos consejos. Un rato con él son risas aseguradas. En un mundo repleto de imitaciones baratas, la particularidad afable de Gorka es una bocanada de aire fresco. Aunque mi desconfianza me hiciera tardar en respirarlo.

foto de lagape en 30/10/07

Foto: Gorka, by Carlos

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3 comentarios

  1. Es de los mejores posts que has colgao. El contenido me gusta porque me trae buenos recuerdos. La forma en que está redactado es inmejorable, creo que no se puede expresar mejor lo que has puesto.

    Sobre Gorka diré que es una pena que viva tan lejos, ya me gustaría quedar de vez en cuando con él.
    No me imagino un compañero de piso mejor sinceramente, como bien has puesto, no estorbaba, llevaba buena convivencia, y cumplia con las obligaciones caseras.
    Pero lo mejor de todo es la original personalidad y las risas que nos echabamos. Conversaciones interesantes de las que se podía aprender mucho sobre diversos temas.
    Qué poco explotamos ese año con lo que podría haber dao de sí.

    Con Gorka siempre son Good Vibrations


  2. Con post como este mi ego crece hasta el infinito, y mas alla, je, je.

    Hay que reconocer que vivir un año asi, en el campo, fue una gran experiencia, fue algo distinto. Ademas teniendo en cuenta que eramos muchas las personas que estabamos y que cada uno era bastante diferente al resto, el que mantuvieramos una convivencia equilibrada fue un exito.

    Por todo ello el recuerdo de aquel curso es especial, y más ahora que no disfruto de la flexible vida de estudiante y me toca currar de 6 a 2 en una fabrica todos los dias…se acabo lo bueno.

    Aunque, la verdad, no se si hubiera aguantado mucho más allí, rodeado de bichos y arañas gigantes (una del tamaño de mi puño apareció debajo de mi cama, pero, Manu la libero en el campo antes de que la liquidara), soportando los ladridos de Jagi por la noche (motivo a veces de mi trasnoche), el frio polar que hacia dentro de casa (recuerdo ver la tele en el salon con abrigo y bufanda)…

    Son cientos las anecdotas que nos quedan, cuando escriba mi autobiografia las narrare seguramente en extension, pero, quiero contar aquella de cuando un viernes, a la tarde, llego de la uni al caserio y me encuentro que, al ir a lavar mi ropa sucia, Laura y Manu se habian marchado a Santander dejando la colcha de su cama dentro de la lavadora. La colcha era muy grande y ocupaba todo el tambor y como la lavadora estaba apagada supuse que ya habria acabado el programa y la colcha estaria limpia. ¿Cual es mi sorpresa cuando abro la lavadora y saco la colcha?
    Que comienza a salir agua a borbotones de la lavadora inhundando toda la cocina. Sin saber que hacer, decidí sacar la colcha empapada al jardin, y colgarla en la cuerda de tender. Momentos antes habia comienzado a llover levemente, pero, cuando salgo empeora y me veo hecho un cristo con la zapatillas de casa en mitad de un jardin embarrado intentando colocar bien una colcha empapada, que pesa el triple de lo normal, sobre una cuerda fina atada de arbol a arbol.
    Creo Laura, que el lunes recogiste la colcha seca sin saber que me pasé dos horas pasando la fregona por la cocina a cuenta de la colcha. Anecdotas como estas, con el tiempo, son las más graciosas. Chao!!


  3. Un beso para ti, y otro para Gorka.

    por Naita noviembre 3, 2007 at 1:47 pm



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