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Y a ninguna le interesa

junio 3, 2008

Juan, el portero del edificio en el que está la redacción donde trabajo, se ha jubilado.
 
Cuando empecé a trabajar aquí, el que era mi compañero, me lo pintó como un facha vejete pero majo al que le seguía el juego por tener alguien con quien hablar en los descansos para fumar. Así que me acerqué a él con recelo, consciente también de la mala leche con la que le describían.
 
Y era cierto lo de su fuerte carácter, nos reñía por dejar los baños sin cerrar o nos hacía bajar por el ascensor si estaba fregando las escaleras. Pero enseguida me di cuenta de que su único objetivo era cuidar del edificio y de la gente que trabajamos en él. Que ningún extraño se colara con aviesas intenciones, que siempre encontráramos el portal reluciente, que no faltara papel higiénico, que cuando a alguien se le olvidaran las llaves, él tuviera una copia y así echarles un cable… Su simple presencia me causaba una agradable sensación de seguridad.
 
Pero para mí, lo más importante era su conversación. La única persona con la que intercambiar palabras en muchas mañanas solitarias, con sus bromas sobre las juergas de orujo que me traigo (con mis botellas de agua, claro) al traernos el correo, alguien que siempre me saludaba con una sonrisa y una palabra amable, al entrar y al salir, que no tenía reparos en compartir retazos de su vida conmigo, una vida repleta de trabajo y, contrariamente a lo anunciado, marcada por la lucha obrera.
 
Aunque, sin duda, lo que más echaré de menos será su costumbre de silbar melodías por los pasillos mientras limpiaba. Las notas de Candilejas o El beso, a lo lejos, en un piso en el que sólo se oye abrir y cerrar la puerta del ascensor, siempre me transmitían buenas vibraciones.
 
Llevo 10 meses viéndolo a diario y me ha dado mucha pena despedirme de él. En el cuarto de contadores, mientras enseñaba sus trucos al nuevo, he bajado a desearle que disfrute de su retiro, que lo merece y con una visible emoción en sus ojos, casi como de abuelo postizo, me ha dicho: “gracias por todo”.
 
Entonces no, pero ahora me pregunto por qué.
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4 comentarios

  1. Usted se deja caer por aquí con cuentagotas, pero más vale tarde que nunca.

    A mi me sucedió algo parecido en mi penúltimo trabajo con los guardias de seguridad, con los que también acabé hablando de lo humano y lo divino.

    Esa despedida con agradecimiento era un signo equívoco del fin de una época, al fin y al cabo aunque de forma colateral, tu te habías convertido en parte de su trabajo. Cosas de la vida.


  2. Y no me digas que no echas de menos a Monseñor Boto.


  3. curiosa historieta si


  4. Es que al final del dia, todos somos personas. Un beso.



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