Archive for the ‘Música’ Category

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Chiquitina fuiste ayer

agosto 31, 2007

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Vaya por delante que lo mío no son los programas de corazón, al menos los que actualmente se exhiben por TV, quien me conoce puede suscribirlo. Pero que conste también que no tengo nada contra ellos ni contra la gente a la que le gustan, a no ser que me impongan su visionado, claro.
 
Además, el motivo por el que no los veo es porque no me interesan los personajes cuyas vidas se retratan normalmente, que si me interesaran, seguramente los vería. En cualquier caso, hay muchas maneras de combatir la soledad, y quien esté libre de miserias, que escriba el primer post.
 
Hay ocasiones en las que son precisamente los espacios televisivos tomateros los que hablan y entrevistan a exfamosos olvidados, grandes en su tiempo e insuficientemente valorados en la actualidad, para los que no hay hueco en otros programas.

Y casos como el reportaje de ayer sobre Pepa Flores consiguen mantenerme delante de la TV durante sus largas horas de duración. No es que Hormigas blancas descubriera mucha información sobre Marisol ni que yo vaya a considerar dogmas de fe las palabras de personas que se dedican al despellejamiento ajeno. Pero siempre es de agradecer que se dediquen horas de programación (¡2 programas de 4 horas!) a estrellas que se lo merecen. La conclusión final, tras la segunda parte de su vida, -la Pepa mujer-, la semana que viene.

Para mí, ella lo merece. No sólo por haber sido la pizpireta y resuelta rubita que desde los 12 años protagonizaba musicales a la española, sino además, porque su trayectoria profesional es completa, su talento, innegable, su voz, cálida y desgarrada, su físico, impresionante, su sencillez, manifiesta.

Ver una imagen de Pepa en movimiento, ya sea actuando o cantando, es una inyección de vitalidad. Saber de su ansia de privacidad y anonimato, una reconciliación con el género “famoso”.

Además, siempre me han fascinado los fenómenos musicales que se mantienen frescos en el tiempo, que no pasan de moda y a los que se puede volver sin peligro de decepción. Claro, que así es como la veo yo…

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Cecilia

agosto 13, 2007

En agosto el calendario nos recuerda la muerte de Cecilia. No la conocí pero disfruto, como les sucederá a muchos de ustedes, con sus canciones. En plena juventud dejó la vida en accidente de tráfico, entre bolo y bolo. Allá por 1976. Caía así el telón de manera trágica para la mujer que se dedicó a cantar/contar historias de amor/desamor atractivas por sencillas, entrañables por verosímiles…

¿Quién te escribía versos?
Dime quién era
¿Quién te mandaba flores por primavera?

¿Quién cada nueve de noviembre
como siempre sin tarjeta
te mandaba un ramito de violetas?

¿Quién, al escucharlos en la radio, no ha canturreado alguna vez sus temas? Son textos, que a pesar de los años transcurridos, constituyen aún el envoltorio ideal para las emociones. En Evangelina Sobredo Galanes, nacida en Madrid el 11 de octubre del 48, hija de diplomáticos, nos veíamos reflejados como en un espejo invisible, pues en el fondo si muchos no somos cantautores, como ella, de guitarra al hombro es porque ni nos atrevimos ni nos atrevemos. Así comienza su bellísimo “Andar”:

Aunque el camino sea estrecho
el polvo se pegue al cuerpo
aunque los vientos me arrastren,
sigo mi senda sin lastre.

Andar como un vagabundo
sin rumbo fijo, sin meta
a vueltas de veleta,
al soplo del viento, al azar
el caso es andar
el caso es andar.

Cultivó Cecilia la crítica social, que nunca olvidó al componer. Según su afilada pluma, determinadas apariencias no engañan. “Dama, dama” es un satírifo referente moral de pentagrama que no pierde vigencia para definir múltiples casos -algunos, obvios- de la fauna nacional:

Dama, dama
de alta cuna
de baja cama
señora de su señor,
amante de un vividor.

Dama, dama
que hace lo que le viene en gana
esposa de su señor
mujer por un vividor.

La inteligencia de un artista permite que su obra e intención le sobrevivan. De ojos intuitivos para descubrir estrellas y mente lúcida para encauzar cualidades, nuestro paisano Juan Carlos Calderón, número uno también en lo suyo, entendió el talento de Cecilia. Diseñaron ambos un “Amor de medianoche” de fascinante letra y melodía:

Me has mirado como quien mira el mar
como un lujo que debes conservar.
Yo no quiero ser tu sombra en un rincón
la muñeca que no tiene opinión.

Has comprado el silencio de mi voz
con amor que al fin no es más que amor.
Yo no soy la marioneta de cartón
el juguete que baila en tu guiñol.

Adios amor de medianoche
hoy mi voz quiere gritar
abre tu puerta y déjame volar…

“Mi querida España”, Cecilia pura, banda sonora de la actualidad sociopolítica:

Mi querida España
esta España mía
esta España nuestra
De tu santa siesta
ahora te despiertan
versos de poeta

¿Dónde están tus ojos?
¿Dónde están tus manos?
¿Dónde tu cabeza?
Mi querida España
Esta España mía
esta España nuestra.

Hay canciones e intérpretes inolvidables. En “Nada de nada” reconocía Evangelina lo poco que era y lo poco que somos:

Una palabra vacía en un poema
una luz de mañana.
Así de pequeña soy yo
nada de nada.

Como escribiera Oscar Wilde, “el arte de la música es el que más cerca se halla de las lágrimas y los recuerdos”. Resulta evidente que no podemos existir sin oxígeno, pero tampoco sin música. Más de treinta años después la huella de Cecilia, ausente y siempre presente, se mantiene viva en la memoria sentimental de muchos españoles. Por algo será.

Javier Rodríguez
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No hay nada peor que las largas horas de espera en un hospital… Ojalá no tengamos que pisarlo de nuevo pronto.

foto de lagape en 13/08/07

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Just rattle your jewelry

enero 30, 2007

Ayer debía de tener el día cínico.

Porque normalmente cuando voy a conciertos de música clásica pienso (dependiendo del programa, claro está) que los jóvenes no saben apreciarlos, porque es difícil encontrar a alguien menor de 40 años en este tipo de actos que no sean los intérpretes o los acomodadores. Considero que ellos se lo pierden, porque así la música más sublime queda sólo para los oídos -¿más selectos?- de la gente mayor.

Pero ayer esperaba el comienzo de un recital de piano mientras algo dentro de mí bullía al observar el panorama de mi alrededor.

No podía dejar de preguntarme si la música de Prokofiev o Shostakovich se merecía un público tan encorsetado que me dio la sensación de convertir el concierto en la excusa para una rancia actividad social.

El salón estaba repleto de Cuquis, Pilucas y Pocholas setentonas con sus abrigos de piel y collares de perlas girando la cabeza en sus asientos para no perderse ninguna entrada en el lugar. Extrañadas porque “¡Oh! ¿Mari Puri no ha venido?” mientras arqueaban la ceja con disimulada satisfacción porque la ausencia de su “amiga” les daría nuevo motivo para el critiqueo: “¡Mari Puri no estuvo en el ciclo de Ciudades y Estilos! Sí, sí, como lo oyes… Pues qué raro, ¿no? Qué tendría que hacer más importante…”

Cuchicheos continuos entre los asistentes, ruido de dentaduras postizas -no, no exagero-, cabezadas, respiraciones, ronquidos… Desolador panorama para un programa que incluía la maravillosa musicación de Mussorgsky de Cuadros de una exposición, inspirados en la obra de Victor Hartman. Precisamente, una invitación a que la mente imagine las pinturas inspiradoras de tales melodías. Igual los que dormían buscaban una visualización más surrealista…

¿Me atrevería a aconsejar a mis amigos una actividad así? Rotundamente si de verdad disfrutan de este tipo de música ¿Es este el mejor ambiente en el que hacerlo? Está claro que no.

Pero es que era gratis. Y por eso fui yo.

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Volveremos a encontrarnos

noviembre 8, 2006

Un grito en un aeropuerto. Un grito que tardé varios instantes en darme cuenta de que provenía de mi garganta. Y de pronto, la fina línea que separa el pasado y el futuro empezó a difuminarse, como si un repentino cambio de viento hubiera enderezado la veleta que marcaba mi camino, alejándome de los paisajes conocidos y habituales, y llevándome hacia un extraño territorio en el que cualquier cosa era posible.

Y aquí estoy, cuatro años después de aquella primera ilusión, tratando de poner en palabras las innumerables sensaciones, sentimientos e ideas que se agolpan en mi mente tras regresar a casa después de la última y más espectacular de esta serie de aventuras, la tercera cena parchisera. Es inútil que trate de ordenar mis ideas, pues cada vez que lo intento, empiezan a pelearse entre ellas, discutiendo cuál va a ser la primera en salir, así que lo mejor que puedo hacer es dejar de buscar el orden y la coherencia, y convertirme por un momento en un mero espectador de lo que pueda caer sobre este papel virtual.

Empezaré por admitir que todo lo que pueda escribir hoy, debía de haberlo dicho hace dos noches, cuando unos cuantos valientes, o al menos más valientes que yo, se pusieron en pie y trataron de transmitirnos a los demás lo que ellos sentían y pensaban de lo que les rodeaba, de lo que habían vivido hace años, o lo que esperaban continuar viviendo. Pero no, no hubo manera, tanta capacidad de decir tonterías, y tan poca para enlazar dos frases consecutivas cuando se trata de hablar en serio… En fin, dado que no pude hacerlo entonces, no voy a dejar que pase el tiempo sin hablar ahora de lo que ha significado todo esto para mí.

Yo era aún un jovencísimo proyecto del tipo que soy ahora, cuando el Efecto Parchís se coló en mi vida. Es difícil recordar aquellos años en los que ni siquiera sabía cómo poner un vinilo en un tocadiscos, y tenía que pedirle a mi madre, o al primer “mayor” que tuviera a mano que me pusiera el disco ése, sí, el que era amarillo y su funda era un globo de colores en cuya cesta asomaban unos rostros sonrientes. Pero en cambio, no olvido ese disco, ni los saltos que daba en el salón de casa, ni las peleas porque me había pedido ser la ficha roja antes que mi primo, ni las risillas cuando esa chica que me dejaba los plastidecor se pedía la ficha amarilla…

Luego fueron pasando los años, y de pronto, sin saber por qué, todas aquellas canciones que había aprendido de tanto insistir con: “dale la vueltaaaaa” o “ponlo otra veeeez”, se habían perdido en algún lugar olvidado de mi memoria, y ni siquiera recordaba que las había olvidado. Y sin embargo, de alguna manera, seguían allí, su influjo, el sentimiento que transmitían, formaba ya parte de lo que era, condicionando de algún modo mi forma de ser, y guiándome hacia donde aún sigo viajando. Esos años en los que tratas tan desesperadamente de dejar de ser un niño, que apartas todo lo que has sido hasta ese momento, tratando de averiguar cómo ser un adulto lo antes posible, sin comprender que al instante siguiente, estarás deseando poder volver a correr por la calle persiguiendo una pelota, o venciendo a enemigos imaginarios al grito de “¡Fénix en llamas!”.

Pero pasaron esos años extraños y confusos, y de pronto un día recordé que había habido una época en la que mi mayor ilusión era ponerme una camiseta roja y cantar “Sueño con ver una vez más, tu pelo largo, tu nariz, tus ojos verdes como el mar…” en honor a una sonrisa descarada con falda amarilla. Recordé que había habido una época en la que rodaba por el suelo una y otra vez tratando de imitar los brincos de un chiquillo vestido de blanco. Recordé una alegría tímida con un traje verde, y una frescura traviesa con pecas y traje azul. Recordé, o más bien, descubrí, que ese “yo” que había guardado en el fondo del baúl, era una parte esencial de mí, esa parte que hablaba de la amistad, de la alegría, de la ilusión, de la fantasía, de la picardía, de la inocencia. Esa parte que había sido tocada por la varita de la magia de Parchís, ese trocito de infancia que de algún modo se había negado a olvidarse de mí como yo me había olvidado de él, y que reclamaba ahora el lugar que por derecho le correspondía.

Quizás ese día no fuera un día, sino dos, o seis, o cien, pero sea como fuere, algo había cambiado, o puede que en realidad, más que cambiar, lo que había hecho era volver a donde había empezado. Pronto encontré aquel disco amarillo, con aquella funda en forma de globo desplegable de colores, y ese pequeño trocito de niño que había reaparecido en mí, se hizo un poco más presente, aguardando su momento para regalarme con todas sus locuras, aventuras y alegrías en tanta cantidad como mi nuevo “yo” pudiera aguantar. Y ese momento llegó, de la manera más inesperada, sorprendente, y…alocada, sin duda. Aprovechando la utilidad de las nuevas tecnologías, un día como otro cualquiera se me ocurrió buscar en Internet algo relacionado con Parchís. Y ante mi sorpresa, un arsenal de material se desplegó ante mí, convirtiendo las siguientes horas en una especie de viaje en el tiempo, en una vorágine de sentimientos y sensaciones enfrentadas, mezcla de alegrías, tristezas, melancolías y risas, una extraña amalgama de colores que poco podía imaginar que podrían reaparecer frente a mí de esa manera. Y descubrí que como yo, había muchas otras personas ahí fuera, en infinidad de lugares, que aún tenían un trocito rojo, amarillo, verde, azul o blanco dentro de su alma, y los trocitos rojos y amarillos de la mía se lanzaron de inmediato a la aventura de conocer a los demás colores que abundaban por allí.

Y de pronto, la primera gran aventura: la que fuera la radiante niña del chándal amarillo, pasaba por Madrid, en su tránsito hacia un rodaje en otra provincia. Y ante mi propia incredulidad, ese extraño inquilino que empezaba a sentirse muy cómodo dentro de mi cabeza, me susurró algo al oído: “todo está dispuesto para comenzar, ya dejamos de soñar…”. Tras un momento de duda, me decidí, y afirmé que acudiría a recibirla, esperando secretamente que alguien más se uniera a mí en la aventura. Una vieja amiga mía, que había sido partícipe también de aquellos lejanos bailes al ritmo de vinilo en el salón de mi casa, decidió que también ella quería vivir esa experiencia. Y una alegre y alocada chica de Valencia, acompañada por su paciente novio, también acudió a la llamada. Una vez en el lugar, una larga espera, nervios, paseos, hasta que se abrieron las puertas y la vimos pasar. Y durante unos terribles instantes, ninguno de nosotros era capaz de decir nada, mientras veíamos cómo se alejaba. Entonces, por un breve instante, mis ojos bajaron hacia el disco que tenía en las manos, un viejo disco amarillo, con una funda en forma de globo desplegable…

Y entonces ocurrió: un grito en el aeropuerto. Ante mi propio asombro, y el de todos los que me rodeaban, fue mi garganta la que emitió ese grito, y ese grito, en un breve instante, cambió por completo la dirección de mi camino. Ese grito significó la victoria de la ilusión, el triunfo de la fantasía y la magia sobre la realidad tranquila y rutinaria, el comienzo de la locura de colores, el feliz momento en el que el trocito de niño alegre e inocente que con tanto esfuerzo había logrado mantenerse en mí, adquiría por fin un lugar permanente y privilegiado en mi forma de pensar.

Después de aquello, las nuevas aventuras fueron sucediéndose: un viaje relámpago a Barcelona a compartir un café de nuevo con la chica de la sonrisa; una primera cena con los nuevos amigos encontrados en este nuevo rumbo, y con el privilegio de conocer a los dueños por derecho de los colores azul y rojo; una segunda cena, aún más emocionante, con la nueva presencia de la alegre y tranquila risa de verde, que se unió al rojo, amarillo y azul en esta nueva aventura compartida; y por fin, la más emotiva de todas, la cena de hace dos noches, en la que por fin los cinco colores que tanto han influido y cambiado mi vida, se reunieron con aquellos a quienes habían transformado desde tanto tiempo atrás. Puede parecer difícil de comprender que todo esto haya pasado, que no sea una especie de locura o fantasía imaginada, pero sólo resulta incomprensible mientras ese pequeño trocito rojo, o azul, o amarillo, o blanco, o verde, que vive dentro de todos, siga guardado en el baúl. Si consigue salir, su alegría traviesa es la mejor explicación para estas aventuras.

En fin, poco más puedo decir, o poco más hubiera debido decir, de haber tenido algo más que temblor en las piernas y las mandíbulas encajadas cuando era el momento de hablar ante todos esos rostros ilusionados, cuando ella dijo “¿no vas a hablar?”. Me queda aún una efervescente mezcla de sentimientos vagando por mi interior, pero no han sido capaces de expresarse de forma adecuada, y tendrán, como yo, que esperar otra oportunidad más adelante. Sólo me queda alegrarme de que la tan nostálgica canción de “Hasta la vista” indicara con claridad lo que deberíamos tener siempre presente, y es que “no es un adiós para siempre, es sólo por un instante, volveremos a encontrarnos…”

Ah… ¿el grito del aeropuerto? Deberíais haberlo sospechado, dado que fue ese trocito de niño amarillo que me bullía dentro quien lo emitió, fueron dos palabras: “¡Yolanda…! ¡¡PARCHÍS!!”

Jordi G.