Archive for the ‘Sueños y recuerdos’ Category

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Tiny

noviembre 17, 2008
Multitud de veces he soñado que tengo un/a amigo/a o una mascota diminuta, casi microscópica, alguien a quien aprecio mucho a pesar de la diferencia de tamaño que existe entre ambos, y que dejaré de ver si cambia su ubicación habitual, si sale de la pequeña casita o tarro o receptáculo en el que se encuentra.

Y es entonces cuando el sueño se convierte en pesadilla, porque mi diminuto ser querido se escapa o se marcha o le sacan de su sitio y yo ya no lo puedo ver más y queda camuflado entre los dibujos de la alfombra o en cualquier otra parte de la casa o quien sabe si de la calle. Y puedo pisarlo en cualquier momento. Porque no escucho su voz, es demasiado pequeñito o quizá mudo. Pero mientras estuvo en su lugar, nos comunicábamos perfectamente. Pero lo pierdo, lo pierdo de vista y de corazón. Y siento una angustia muy grande.

Una sensación parecida me recorrió al enterarme de que XN ha vuelto a China y su teléfono ha dejado de estar operativo.

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Gracias a la subconsciencia

noviembre 6, 2008

orson-wellesViajando en tren o en metro por Santander o por Bilbao llegamos a un lugar (¿un vagón de metro? ¿una cafetería? ¿un centro comercial?) y me doy cuenta de que allí, en una mesa, firmando autógrafos, se encuentra Orson Welles. En ese momento recuerdo que había incluído ese evento en la agenda de la web. Pero se me había olvidado. Lo importante es que ahí está. Un joven Orson Welles en blanco y negro, vestido como aparece en El tercer hombre y sonriendo enigmáticamente.

Me da un vuelco el corazón pero me doy cuenta de que no llevo la cámara de fotos. Le pido a Manu que me acompañe a casa y nos dirigimos a por ella en una combinación de metros y trenes, como si la distancia fuera considerable y sin embargo, estamos de vuelta enseguida. Al llegar de nuevo al lugar, exclamo “¡pero si he ido a por la cámara y no la he traído!” y miro hacia abajo y veo que la tengo preparada para disparar y a la altura del pecho. Ni me inmuto por el despiste.

Me pongo al final de la cola de personas que esperan conseguir unas letras de Welles, pensando que este pobre hombre, tan mayor (aunque no lo aparente), ya estará harto de tanta firma, porque lleva allí unas 8 horas sin parar. Mientras me coloco al final de la cola, una voz en off, de la manera en la que lo expresaría el pensamiento de un personaje en una película, dice mientras se ve a la Cecilia Roth de Todo sobre mi madre, con el abrigo rojo, colocarse al final de la fila: “Esta mujer, siempre la última para todo”. Roth desaparece y yo ya no estoy al final de la fila, sino sentada en un asiento del metro, de los colocados paralelamente a las puertas y ventanas, aburrida de tanto esperar.

De pronto aparece Orson Welles, cual revisor, ofreciendo su firma sobre un fotograma de El tercer hombre. Ahí es cuando me doy cuenta de que lo que yo creía una cola, era gente colocada en sus asientos y viajando sin inmutarse por la presencia del genio. Así que le miro para que entienda que a mí me interesa y se pare. Me firma la foto, que tiene un brillo especial, y después se dirige a hablar con Manu, al que unas tres personas separan de mí, y con el que se queda un buen rato, haciéndose incluso un hueco a su lado.

Cuando nos marchamos del metro, comentando el hito que acabamos de vivir, nos cruzamos en unas escaleras con el alcalde de Santander acompañado de algún otro del equipo municipal. Le saludo como si tal cosa y él no responde, pero me da igual. Acabo de conocer a Orson Welles en persona.
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With Zumzumegui in my dreams

junio 25, 2008

Termino la jornada matinal a las 14.00 y cuando estoy a punto de irme y cerrar con llave la oficina, llega una señora que trabaja cerca y me pide un ordenador para transcribir un montón de papeles porque el suyo no funciona. Así que accedo y la dejo copiando sin parar en el ordenador de mi jefe y con la puerta de la oficina abierta.

Cuando vuelvo por la tarde al trabajo, me cruzo con Zunzunegui en el Pasaje de Peña y me saluda entre simpático y despistado, mientras se marcha a toda prisa. Se estaba despidiendo de Zumalde, que se dirige a la peluquería regentada por gays que está pegada al portal de mi edificio.

Una de dos. O mi oficina está en el despacho del Departamento de Audiovisual de la UPV-EHU o el despacho de Zumalde está en el Edificio Simeón, porque mi destino, entrando por el portal del trabajo, es su despacho. Para preguntarle dudas sobre una imagen que quiero analizar semióticamente y teniendo clarísimo que hablando Zumalde habla al mismo tiempo Zunzunegui, que está dentro de él y me explicará temas de Sociosemiótica desde dentro del cuerpo de su discípulo.

La imagen que quiero analizar es un cuadro fascinante y Zumalde y yo nos quedamos mirándolo un buen rato. Él me indica que me fije sobre todo en los espacios vacíos y en el encuadre y me da otro montón de pistas que apunta en una hoja que luego hace desaparecer.

Le digo que me acompañe a la oficina para enseñarle lo que llevo hecho por el momento, pero cuando llegamos, ahí sigue la señora de antes copiando sin parar. Eso nos coarta.

Le digo que echo en falta la universidad y él me dice que me contaría muchas cosas personales pero que no lo hará por si me da por el periodismo rosa. Y yo le replico gritando “¡Puaaaj!”. Y vuelve a su despacho flanqueado por dos chicas despampanantes que no paran de pedirle que les hable de El crimen de Monsieur Lange.

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Atrapados por la marea

junio 23, 2008

Dentro de un recinto acristalado, soy testigo de cómo una ola gigante en una subida de marea atrapa a muchísima gente, a mí incluída.  Un hombre mayor se queja porque no entiende cómo siguen dejando que nadie viva tan cerca del mar, si hay crecidas así, aunque no ocurran a menudo. En ese momento miro desde dentro de la cristalera y soy testigo de una especie de repetición del momento en el que la ola enorme nos envuelve, aunque lo que yo veo es cómo se lleva mi toalla y demás enseres de la playa.

Cuando consigo salir del agua, soy consciente de la cantidad de cosas que he perdido en el mar: ropa, objetos personales… Lo voy recuperando poco a poco, pero me doy cuenta de que me falta la toalla, así que vuelvo a por ella. La tiene una chica, envolviendo una de sus piernas, que no para de sangrar. Veo que la van a subir a un autobús y me acerco a ella y le digo que es mi toalla, que me la compró mi madre. Ella me la intenta devolver, y en ese momento me doy cuenta de lo increíblemente egoísta que estoy siendo, así que le digo que intentaré buscarle otra cosa con que cubrirle las heridas.

Hay un montón de niños que me transmiten indefensión, no sé si porque siguen en el agua o porque están fuera y se encuentran solos. Hay mucho miedo a que muera gente ahogada. La mayoría de la gente sale, pero otra tanta se queda en el agua, fuera de nuestra vista. Entre ellos mi padre, mi amiga Elena y Ross, de Friends.

Elena aparece al cabo de unos días, hecha un desastre y es reticente a contar cómo ha conseguido volver y qué le ha pasado. Yo me extraño de no estar preocupada por mi padre, que no ha aparecido aún, pero mi madre dice que sabe que está en la barca de un pescador. Yo pienso que será terrible aguantar el sol para él tantos días en el agua. Ross no aparece, aunque nos hace algo de gracia que haya desaparecido en el mar de Santander.

Se va acumulando una enorme montaña de cosas que no está permitido tocar y pienso que cuando aparezca todo el mundo repartirán lo que hemos perdido dentro de la masa de agua y personas.

Foto: Santander, by Suspe

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La loca durmiente

junio 15, 2008

 
Mefisto visto por Al Betrayal

No quiero dar la nota en unos carnavales, así que decido disfrazarme. Y me pongo una máscara, con varios motivos pintados por mí, que es una mezcla entre la cara de Freddy Kruger y la de MC Mefisto Negruri.

Poniéndola y quitándomela continuamente, entro en un lugar bastante lujoso con mi prima y más gente de mi familia. Allí hay un montón de personas famosas e interesantes, pero no me acerco a hablar con ninguna de ellas, tratando de aparentar que no me interesan.

Al cabo de un tiempo lo pienso mejor y llego a la conclusión de que aunque haya perdido tantas oportunidades, ya que muchos de ellos se han ido, mejor intentar conseguir por lo menos una foto con alguno. Decido acercarme a Susan Sarandon, que está guapísima vestida de rojo, muy elegante y aparenta ser mucho más joven de lo que es.

Me doy cuenta de que a la vez que yo, mi tía Manoli se está acercando a ella también cámara en ristre. Así que para no molestarla demasiado, pero un poco fastidiadas, acordamos hacernos una misma foto con ella las dos a la vez.

No sé dónde están nuestras cámaras en ese instante, así que les pedimos a dos chicas adolescentes que nos hagan la foto con la suya. Susan Sarandon le dice algo a mi tía y luego me pregunta a mí que qué hago con esa máscara, aunque yo ya me la había quitado para quedar retratada con mi propia cara junto a ella. Le explico que es una manifestación artística. Las chicas, que no paran de reírse tontamente, nos hacen varias y se marchan diciéndonos que ya nos las enviarán.

Al cabo de unos segundos, me quedo mirando a mi tía y le digo que a dónde pensarán mandarnos las fotos, si no tienen nuestra dirección. Y en ese momento, siento mucha rabia e impotencia y me digo para mis adentros que siempre me pasa lo mismo.

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Voy andando con mi prima por Madrid. Mi prima de pronto es mi hermana y estoy teniendo con ella una de esas conversaciones frikis recordando diálogos de películas de las que nos gustan. Mi hermana pronuncia una frase de una de las pelis, lo que provoca que un chico que acaba de cruzarse con nosotras se pare en seco, se gire, nos mire y exclame, repitiendo la fase: “¡Eso lo decía yo en Now and then!”

Y nosotras nos lo quedamos mirando asombradas al ver que es Devon Sawa. Yo no me explico cómo no nos hemos fijado antes en que pasaba a nuestro lado. Sonriente y encantado, nos pregunta cómo puede ser que nos sepamos esa frase. Le explicamos que hemos visto unas tropecientas mil veces Amigas para siempre. Quiere saber cómo lo conocimos. Le digo que desde Casper, que su escena nos marcó totalmente. No entiende que lo ficháramos en un fragmento tan corto de película. Le comentamos que en esa época parece que se empeñaban en emparejarlo con Christina Ricci y le hace mucha gracia.

Le pregunto que qué hace en Madrid y me mira con gesto desconfiado como expresando que quiero saber demasiado. Pero contesta que está promocionando una peli y nos enseña su cartel, que está colgado a tamaño gigante en una carretera. Luego le intento hablar de las cosas positivas que tiene La noche de los tornados, aunque él nota que muchas las digo por decir y le explico también que una compañera mía de piano estaba obsesionada con él y que decía que era el protagonista de La princesa prometida y que se llamaba Cary Elwes. Y él gritaba ¿en castellano?: “¿¿ese puto italiano??”

Cada vez se nos une más y más gente, especialmente chicas, al darse cuenta de con quién estamos. Cuando somos ya un grupo numeroso, él pregunta que quién va a salir de fiesta después dirigiéndose a mí. Yo digo que depende… Y él decide irse, no sin antes hacerse una foto con todo el grupo. Yo le indico a quien nos la va a hacer cómo funciona mi cámara y corro a colocarme al lado de Devon, que me ha guardado un hueco.

Y después se va.

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Dream on

junio 6, 2008
Estoy enfadadísima con mi hermana y mis amigas del pueblo porque les he dejado mi bolso para que me lo cuiden mientras me ocupo de otra cosa y han aprovechado para cogerme dinero de la cartera y pedir un montón de comida en un restaurante. Cuando llego donde están me doy cuenta de que ni siquiera me han guardado nada. Y es la segunda vez que ocurre. Después, comiendo con la familia en otro local, y debido a que tienen mucha prisa por marcharse, me quedo sin probar la exquisita variedad de postres que prometía la carta. Estoy decepcionada y a nadie parece importarle.
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Mientras caminaba delante de mí dándome la espalda y recordándome (quién sabe por qué) a El maestro de escuela de Magritte, me he pasado un buen rato tocándole el pelo a Ringo Starr para intentar atusárselo, porque lo tenía muy enredado y porque quería comprobar su tacto. Y tras una pequeña caminata en dirección al resto de Beatles, Ringo se ha colocado entre sus compañeros para que un amigo les hiciera cantidad de buenas fotos para mí.
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Tenía un bebé, una niña recién nacida, pero mucho más pequeñita de lo habitual. Mi hija llegaba de pronto a mi vida, aunque yo no había dado a luz. Ni siquiera tenía padre, era sólo mía. La niñita tenía que pasar todo el tiempo con una de sus dos orejas pegadas a mi corazón mientras yo la tenía en brazos, porque si dejaba de escuchar mis latidos, moriría. Así que no me despegaba de ella ni de día ni de noche. Yo la adoraba, pero sentía que mi vida como tal se había terminado. No podía hacer un montón de cosas porque vivía pegada a ella. Por suerte, alguien de mucha confianza me hizo descubrir que era la única persona capaz de sujetar a mi hija tal y como lo hacía yo sin que a ésta le ocurriera nada malo. Y fue un alivio compartir la responsabilidad.
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Tenía que acudir varios días seguidos a un lugar donde se solucionaban temas de papeleo y en la última de esas ocasiones, me ofrecía voluntariamente para ayudar a las personas que trabajaban en las ventanillas porque me parecía un trabajo de lo más estimulante tratar continuamente con la gente y solucionarles todo tipo de problemas burocráticos.
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Los Reyes visitaban la casa del pueblo, que estaba repleta de gente desconocida, metida en habitaciones que no existen. Y mi madre no estaba, así que yo tenía que hacerles fotos, porque era una ocasión única que los Reyes de España estuvieran en la casa donde nació ella. Pero no encontraba la cámara por ninguna parte y en algunas habitaciones no me estaba permitido entrar, porque estaban llenas de inquilinos.
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Voy con mi madre a un mercadillo y me quedo clavada en un puesto de pósters de cine, justo el que estaba buscando. Estoy feliz porque por fin vez me puedo permitir todos los que me gusten.

Ese puesto deja de ser de carteles de películas y se convierte en la tienda de un artista que al principio me resulta lejano. Pero luego me quedo hablando con él con toda confianza. Y es la hora de la comida y sé que en casa me están esperando y que serán conscientes de que estoy con él.

Es el mismo puesto que había visitado con mi madre y mi prima y cuyas pinturas (dibujos con formas escondidas, casi todos) me encantan. Le digo cuánto me gustan sus dibujos y nos regala a mi prima y a mí un cuadro suyo homenaje a “La Bella y la Bestia” que nos hace mucha ilusión.

Me callo porque tengo la sensación de que cualquier cosa que destaque me la va a regalar. Pero lo cierto es que sus dibujos me fascinan. Cada cual más. Hay láminas sueltas e ilustraciones de libros.

Mi padre también le visita. Vamos todos varias veces.

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Veo pasar ante mis ojos una convocatoria de beca muy interesante que incluye la posiblidad de estudiar en el extranjero. Todo el mundo se entera, al igual que yo, y mi familia y amigos se presentan también para tratar de conseguirla. El día del examen obligatorio, salgo de casa con mucho tiempo para llegar a tiempo. Me dirijo andando al lugar de la prueba y con tiempo de sobra, me dirijo al conserje para preguntarle por el lugar del control. No entiendo cómo pero pasa muchísimo tiempo y cuando encuentro el aula, donde un montón de gente conocida está escribiendo, la examinadora me dice que ya es demasiado tarde para comenzar a hacerlo. No entiendo nada y es especialmente doloroso porque sé que gente importante aprobará y se marchará lejos.

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Alguien mayor que yo, creo que Andrés, nos examina a varias personas de una peli en la que aparece Katie Holmes. Mientras nos lo estudiamos, me doy cuenta de que la peli es en realidad Dawson crece, pero Joey tiene el pelo larguísimo, me fijo mientras se tumba en la cama de Dawson. El examinador quiere comprobar si me lo sé de memoria. Pero en realidad, el resultado depende de que me haya fijado bien en todos los detalles. Recuerdo que la primera cuestión es de cuántas preguntas consta el test de la película. Y contesto correctamente que de 31.

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You may say I’m a dreamer

enero 7, 2008
Intentaba conseguir atención mediante un mar repleto de ballenas pequeñas y un dibujo de Miguel el Torero.
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Las gemelas de Los Palacios abandonaban Gran Hermano tras confesar entre lágrimas su condición hermafrodita.
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Mis padres decidían comprar una nueva casa y a mí me parecía un horror cuando iba a visitarla y me estresaba tener que mudarme. No me gustaban las vistas, la cocina era marrón y además estaba sucia, el salón era feo…
Cuando entraba en mi habitación, que me parecía rectangularmente pequeña, me conformaba porque me daba cuenta de que a la derecha, no visible a primera vista, había una biblioteca muy grande, repleta de baldas. Mi madre me decía que no me quejara, que ahí tenía sitio para guardar todos mis libros, vídeos y deuvedeses y para hacer gimnasia en el suelo entre estantería y estantería…
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¡Conocí a Katie Holmes! La alcanzaba mientras llevaba la compra a su coche en un aparcamiento subterráneo y le contaba lo mucho que significó para mí su interpretación de Joey en Dawson’s creek. Después intentaba recordarle las pelis en las que la había visto actúar y me habían gustado pero estaba bloqueada por los nervios y sólo acerté a decirle Wonder boys, así en inglés, como todo lo que le contaba, aunque esa sea una peli que no me gustó nada (al igual que casi todas las que ha hecho).
A pesar de mis intentos desesperados por pronunciar bien para que me entendiera, parecía que la estaba cayendo simpática, me sonreía mucho. Y llevaba el pelo largo, como cuando la conocí. Ni rastro del look Victoria Adams wannabe que luce ahora.
Cuando llegaba Tom Cruise con sus tres hijos (porque Suri era la mayor pero había dos más), yo ni le saludaba. Él notaba mi antipatía y tampoco me decía nada. Además le había confesado a su mujer que con quien me gustaría haberla visto casada era con James Van Der Beek. A partir de este momento, sólo recuerdo los gestos de profunda infelicidad y hartazgo de Katie cada vez que hablaba Cruise o sus hijos hacían alguna tontería, reflejados en su espejo retrovisor.
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A mi jefe le da la venada de ordenar toda la oficina y me pide a mí que le ayude. Me pongo a ello, preguntándole continuamente dónde pongo cada papel. Llega el momento en el que se va mi compañero, me escribe una nota de despedida, nos decimos adiós. Y viene mi hermana. Y mientras mi jefe está venga a explicarme cómo tengo que hacer lo que tengo que hacer, mi hermana no para de hablar. Y yo: “Bea, por favor, espera, que estoy trabajando”. Y mi jefe empieza a explicarme de nuevo y mi hermana le interrumpe. Así varias veces hasta que ya, casi histérica, la pido que no de una mala imagen de la familia. Mi jefe me mira como con pena y se va. Y lo único que mi hermana quiere decirme es que un amigo me está esperando fuera. Y yo no la escuchaba porque estaba preocupada por el trabajo. Pero finalmente me voy con mi hermana y más amigos que han ido a buscarme. Y es un alivio.
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Vuelvo al colegio y me encuentro a quien no quiero encontrarme y además voy con pantalones cortos y las piernas llenas de pelos  
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Me encargan cuidar de un montón de peces que están en dos neveras grandes  y que tienen poquísimo agua, al menos insuficiente para que sobrevivan. Y yo no puedo ocuparme de ellos continuamente, tengo algo importante que hacer. Así que voy y vengo y cada vez que me acerco a ellos encuentro más peces muertos. Además, algunos de los muertos más grandes y que se encuentran en la parte inferior tienen caras humanas, aunque parecen dormidos plácidamente. No para de escaparse el agua de las neveras y yo soy consciente de que estoy dejándoles morir pero no se me ocurre qué hacer, como si no existiera ninguna solución. Gemma de Parchís está por allí vestida de verde y de niña, aunque no sé cuál es su papel en toda la historia.