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¡Rojilla!

julio 24, 2008

Porque estoy HARTA de quien insulta empleando los términos ROJO y FACHA sin tener ni puñetera idea de lo que está diciendo:

UN FACHA DE SIETE AÑOS

«Me interpela un lector algo –o muy– dolido porque de vez en cuando aludo a España como este país de mierda. El citado lector, que sin duda tiene un sentimiento patriótico susceptible y no mucha agudeza leyendo entre líneas, pero está en su derecho, considera que me paso varios pueblos y una gasolinera. Le extraña, por otra parte, y me lo comunica con acidez, que alguien que, como el arriba firmante, ha escrito algunas novelas con trasfondo histórico, y que además parece complacerse en recuperar episodios olvidados de nuestra Historia en esta misma página, sea tan brutal a la hora de referirse a la tierra y a los individuos que de una u otra forma, le gusten o no, son su patria y sus compatriotas.

La verdad es que podría, perfectamente, escaquearme diciendo que cada cual tiene perfecto derecho a hablar con dureza de aquello que ama, precisamente porque lo ama. Y que cuando abro un libro de Historia y observo ciertos atroces paralelismos con la España de hoy, o con la de siempre, y comprendo mejor lo que fuimos y lo que somos, me duelen las asaduras. Aunque, la verdad, ya ni siquiera duelen. Al menos no como antes, cuando creía que la estupidez, la incultura, la insolidaridad, la ancestral mala baba que nos gastamos aquí, tenían arreglo. La edad y las canas ponen las cosas en su sitio: ahora sé que esto no lo arregla nadie. España es uno de los países más afortunados del mundo, y al mismo tiempo el más estúpido. Aquí vivimos como en ningún otro lugar de Europa, y la prueba es que los guiris saben dónde calentarse los huesos. Lo tenemos todo, pero nos gusta reventarlo. Hablo de ustedes y de mí. Nuestra envilecida y analfabeta clase política, nuestros caciques territoriales, nuestros obispos siniestros, nuestra infame educación, nuestras ministras idiotas del miembro y de la miembra, son reflejo de la sociedad que los elige, los aplaude, los disfruta y los soporta. Y parece mentira. Con la de gente que hemos fusilado aquí a lo largo de nuestra historia, y siempre fue a la gente equivocada. A los infelices pillados en medio. Quizá porque quienes fusilan, da igual en qué bando estén, siempre son los mismos.

Pero me estoy metiendo en jardines complejos, oigan. El que quiera tener su opinión sobre todo eso, acertada o no, pero suya y no de otros, que lea y mire. Y si no, que se conforme con Operación Triunfo, con Corazón Rosa o con Operación Top Model, o como se llamen, y le vayan dando. Cada cual tiene lo que, en fin, etcétera. Ya saben. Por mi parte, como todavía me permiten y pagan este folio y medio de terapia personal cada semana –es higiénico poder morir matando–, me reafirmo un día más en lo de país de mierda. Y lo voy a justificar hoy, miren por donde, con una bonita anésdota anesdótica. Una de tantas.

Verán. Un niño de siete años, sobrino de un amigo mío, observando hace poco que varios de sus amigos llevaban camisetas de manga corta con banderas de varios países, la norteamericana y la de Brasil entre ellas –algo que por lo visto está de moda–, le pidió al tío de regalo una camiseta con la bandera española. «Van a flipar mis amigos, tito», dijo el infeliz del crío. Según cuenta mi amigo, el sobrinete bajó al parque como una flecha, orgulloso de su prenda, con la ilusión que en esas cosas sólo puede poner una criatura. A los diez minutos subió descompuesto, avergonzado, a cambiarse de ropa. El tío fue a verlo a su habitación, y allí estaba el chiquillo, al filo de las lágrimas y con la camiseta arrugada en un rincón. «Me han dicho que si soy facha o qué», fue el comentario.

Siete años, señoras y caballeros. La criatura. Y no en el País Vasconi en Cataluña, ni en Galicia. En la Manga del Mar Menor, provincia de Murcia. Casualmente, y sólo una semana después de que me contaran esa edificante historia infantil, otro amigo, Carlos, gerente de un importante club náutico de la zona, me confiaba que ya no encarga polos deportivos para sus regatistas con el tradicional filetillo de la bandera española en las mangas y en el cuello. «En las competiciones con clubs de otras autonomías –explicó– están mal vistos.»

Dirán algunos que, tal y como anda el asunto, podríamos mandar a tomar por saco ese viejo trapo y hacer uno distinto. Al fin y al cabo sólo existe desde hace dos siglos y medio. Podríamos encargarle una bandera nueva, más actual, a Mariscal, a Alberto Corazón, a Victorio o a Lucchino. O a todos juntos. Pero es que iba a dar igual. Tendríamos las mismas aunque pusiéramos una de color rosa con un mechero Bic, un arpa y la niña de los Simpson en el centro; y en las carreteras, el borreguito de Norit en vez del toro de Osborne. El problema no es la bandera, ni el toro, sino la puta que nos parió. A todos nosotros. A los ciudadanos de este país de mierda.»

ARTURO PÉREZ-REVERTE

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With Zumzumegui in my dreams

junio 25, 2008

Termino la jornada matinal a las 14.00 y cuando estoy a punto de irme y cerrar con llave la oficina, llega una señora que trabaja cerca y me pide un ordenador para transcribir un montón de papeles porque el suyo no funciona. Así que accedo y la dejo copiando sin parar en el ordenador de mi jefe y con la puerta de la oficina abierta.

Cuando vuelvo por la tarde al trabajo, me cruzo con Zunzunegui en el Pasaje de Peña y me saluda entre simpático y despistado, mientras se marcha a toda prisa. Se estaba despidiendo de Zumalde, que se dirige a la peluquería regentada por gays que está pegada al portal de mi edificio.

Una de dos. O mi oficina está en el despacho del Departamento de Audiovisual de la UPV-EHU o el despacho de Zumalde está en el Edificio Simeón, porque mi destino, entrando por el portal del trabajo, es su despacho. Para preguntarle dudas sobre una imagen que quiero analizar semióticamente y teniendo clarísimo que hablando Zumalde habla al mismo tiempo Zunzunegui, que está dentro de él y me explicará temas de Sociosemiótica desde dentro del cuerpo de su discípulo.

La imagen que quiero analizar es un cuadro fascinante y Zumalde y yo nos quedamos mirándolo un buen rato. Él me indica que me fije sobre todo en los espacios vacíos y en el encuadre y me da otro montón de pistas que apunta en una hoja que luego hace desaparecer.

Le digo que me acompañe a la oficina para enseñarle lo que llevo hecho por el momento, pero cuando llegamos, ahí sigue la señora de antes copiando sin parar. Eso nos coarta.

Le digo que echo en falta la universidad y él me dice que me contaría muchas cosas personales pero que no lo hará por si me da por el periodismo rosa. Y yo le replico gritando “¡Puaaaj!”. Y vuelve a su despacho flanqueado por dos chicas despampanantes que no paran de pedirle que les hable de El crimen de Monsieur Lange.

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Atrapados por la marea

junio 23, 2008

Dentro de un recinto acristalado, soy testigo de cómo una ola gigante en una subida de marea atrapa a muchísima gente, a mí incluída.  Un hombre mayor se queja porque no entiende cómo siguen dejando que nadie viva tan cerca del mar, si hay crecidas así, aunque no ocurran a menudo. En ese momento miro desde dentro de la cristalera y soy testigo de una especie de repetición del momento en el que la ola enorme nos envuelve, aunque lo que yo veo es cómo se lleva mi toalla y demás enseres de la playa.

Cuando consigo salir del agua, soy consciente de la cantidad de cosas que he perdido en el mar: ropa, objetos personales… Lo voy recuperando poco a poco, pero me doy cuenta de que me falta la toalla, así que vuelvo a por ella. La tiene una chica, envolviendo una de sus piernas, que no para de sangrar. Veo que la van a subir a un autobús y me acerco a ella y le digo que es mi toalla, que me la compró mi madre. Ella me la intenta devolver, y en ese momento me doy cuenta de lo increíblemente egoísta que estoy siendo, así que le digo que intentaré buscarle otra cosa con que cubrirle las heridas.

Hay un montón de niños que me transmiten indefensión, no sé si porque siguen en el agua o porque están fuera y se encuentran solos. Hay mucho miedo a que muera gente ahogada. La mayoría de la gente sale, pero otra tanta se queda en el agua, fuera de nuestra vista. Entre ellos mi padre, mi amiga Elena y Ross, de Friends.

Elena aparece al cabo de unos días, hecha un desastre y es reticente a contar cómo ha conseguido volver y qué le ha pasado. Yo me extraño de no estar preocupada por mi padre, que no ha aparecido aún, pero mi madre dice que sabe que está en la barca de un pescador. Yo pienso que será terrible aguantar el sol para él tantos días en el agua. Ross no aparece, aunque nos hace algo de gracia que haya desaparecido en el mar de Santander.

Se va acumulando una enorme montaña de cosas que no está permitido tocar y pienso que cuando aparezca todo el mundo repartirán lo que hemos perdido dentro de la masa de agua y personas.

Foto: Santander, by Suspe

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La loca durmiente

junio 15, 2008

 
Mefisto visto por Al Betrayal

No quiero dar la nota en unos carnavales, así que decido disfrazarme. Y me pongo una máscara, con varios motivos pintados por mí, que es una mezcla entre la cara de Freddy Kruger y la de MC Mefisto Negruri.

Poniéndola y quitándomela continuamente, entro en un lugar bastante lujoso con mi prima y más gente de mi familia. Allí hay un montón de personas famosas e interesantes, pero no me acerco a hablar con ninguna de ellas, tratando de aparentar que no me interesan.

Al cabo de un tiempo lo pienso mejor y llego a la conclusión de que aunque haya perdido tantas oportunidades, ya que muchos de ellos se han ido, mejor intentar conseguir por lo menos una foto con alguno. Decido acercarme a Susan Sarandon, que está guapísima vestida de rojo, muy elegante y aparenta ser mucho más joven de lo que es.

Me doy cuenta de que a la vez que yo, mi tía Manoli se está acercando a ella también cámara en ristre. Así que para no molestarla demasiado, pero un poco fastidiadas, acordamos hacernos una misma foto con ella las dos a la vez.

No sé dónde están nuestras cámaras en ese instante, así que les pedimos a dos chicas adolescentes que nos hagan la foto con la suya. Susan Sarandon le dice algo a mi tía y luego me pregunta a mí que qué hago con esa máscara, aunque yo ya me la había quitado para quedar retratada con mi propia cara junto a ella. Le explico que es una manifestación artística. Las chicas, que no paran de reírse tontamente, nos hacen varias y se marchan diciéndonos que ya nos las enviarán.

Al cabo de unos segundos, me quedo mirando a mi tía y le digo que a dónde pensarán mandarnos las fotos, si no tienen nuestra dirección. Y en ese momento, siento mucha rabia e impotencia y me digo para mis adentros que siempre me pasa lo mismo.

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Voy andando con mi prima por Madrid. Mi prima de pronto es mi hermana y estoy teniendo con ella una de esas conversaciones frikis recordando diálogos de películas de las que nos gustan. Mi hermana pronuncia una frase de una de las pelis, lo que provoca que un chico que acaba de cruzarse con nosotras se pare en seco, se gire, nos mire y exclame, repitiendo la fase: “¡Eso lo decía yo en Now and then!”

Y nosotras nos lo quedamos mirando asombradas al ver que es Devon Sawa. Yo no me explico cómo no nos hemos fijado antes en que pasaba a nuestro lado. Sonriente y encantado, nos pregunta cómo puede ser que nos sepamos esa frase. Le explicamos que hemos visto unas tropecientas mil veces Amigas para siempre. Quiere saber cómo lo conocimos. Le digo que desde Casper, que su escena nos marcó totalmente. No entiende que lo ficháramos en un fragmento tan corto de película. Le comentamos que en esa época parece que se empeñaban en emparejarlo con Christina Ricci y le hace mucha gracia.

Le pregunto que qué hace en Madrid y me mira con gesto desconfiado como expresando que quiero saber demasiado. Pero contesta que está promocionando una peli y nos enseña su cartel, que está colgado a tamaño gigante en una carretera. Luego le intento hablar de las cosas positivas que tiene La noche de los tornados, aunque él nota que muchas las digo por decir y le explico también que una compañera mía de piano estaba obsesionada con él y que decía que era el protagonista de La princesa prometida y que se llamaba Cary Elwes. Y él gritaba ¿en castellano?: “¿¿ese puto italiano??”

Cada vez se nos une más y más gente, especialmente chicas, al darse cuenta de con quién estamos. Cuando somos ya un grupo numeroso, él pregunta que quién va a salir de fiesta después dirigiéndose a mí. Yo digo que depende… Y él decide irse, no sin antes hacerse una foto con todo el grupo. Yo le indico a quien nos la va a hacer cómo funciona mi cámara y corro a colocarme al lado de Devon, que me ha guardado un hueco.

Y después se va.

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Dream on

junio 6, 2008
Estoy enfadadísima con mi hermana y mis amigas del pueblo porque les he dejado mi bolso para que me lo cuiden mientras me ocupo de otra cosa y han aprovechado para cogerme dinero de la cartera y pedir un montón de comida en un restaurante. Cuando llego donde están me doy cuenta de que ni siquiera me han guardado nada. Y es la segunda vez que ocurre. Después, comiendo con la familia en otro local, y debido a que tienen mucha prisa por marcharse, me quedo sin probar la exquisita variedad de postres que prometía la carta. Estoy decepcionada y a nadie parece importarle.
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Mientras caminaba delante de mí dándome la espalda y recordándome (quién sabe por qué) a El maestro de escuela de Magritte, me he pasado un buen rato tocándole el pelo a Ringo Starr para intentar atusárselo, porque lo tenía muy enredado y porque quería comprobar su tacto. Y tras una pequeña caminata en dirección al resto de Beatles, Ringo se ha colocado entre sus compañeros para que un amigo les hiciera cantidad de buenas fotos para mí.
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Tenía un bebé, una niña recién nacida, pero mucho más pequeñita de lo habitual. Mi hija llegaba de pronto a mi vida, aunque yo no había dado a luz. Ni siquiera tenía padre, era sólo mía. La niñita tenía que pasar todo el tiempo con una de sus dos orejas pegadas a mi corazón mientras yo la tenía en brazos, porque si dejaba de escuchar mis latidos, moriría. Así que no me despegaba de ella ni de día ni de noche. Yo la adoraba, pero sentía que mi vida como tal se había terminado. No podía hacer un montón de cosas porque vivía pegada a ella. Por suerte, alguien de mucha confianza me hizo descubrir que era la única persona capaz de sujetar a mi hija tal y como lo hacía yo sin que a ésta le ocurriera nada malo. Y fue un alivio compartir la responsabilidad.
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Tenía que acudir varios días seguidos a un lugar donde se solucionaban temas de papeleo y en la última de esas ocasiones, me ofrecía voluntariamente para ayudar a las personas que trabajaban en las ventanillas porque me parecía un trabajo de lo más estimulante tratar continuamente con la gente y solucionarles todo tipo de problemas burocráticos.
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Los Reyes visitaban la casa del pueblo, que estaba repleta de gente desconocida, metida en habitaciones que no existen. Y mi madre no estaba, así que yo tenía que hacerles fotos, porque era una ocasión única que los Reyes de España estuvieran en la casa donde nació ella. Pero no encontraba la cámara por ninguna parte y en algunas habitaciones no me estaba permitido entrar, porque estaban llenas de inquilinos.
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Voy con mi madre a un mercadillo y me quedo clavada en un puesto de pósters de cine, justo el que estaba buscando. Estoy feliz porque por fin vez me puedo permitir todos los que me gusten.

Ese puesto deja de ser de carteles de películas y se convierte en la tienda de un artista que al principio me resulta lejano. Pero luego me quedo hablando con él con toda confianza. Y es la hora de la comida y sé que en casa me están esperando y que serán conscientes de que estoy con él.

Es el mismo puesto que había visitado con mi madre y mi prima y cuyas pinturas (dibujos con formas escondidas, casi todos) me encantan. Le digo cuánto me gustan sus dibujos y nos regala a mi prima y a mí un cuadro suyo homenaje a “La Bella y la Bestia” que nos hace mucha ilusión.

Me callo porque tengo la sensación de que cualquier cosa que destaque me la va a regalar. Pero lo cierto es que sus dibujos me fascinan. Cada cual más. Hay láminas sueltas e ilustraciones de libros.

Mi padre también le visita. Vamos todos varias veces.

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Veo pasar ante mis ojos una convocatoria de beca muy interesante que incluye la posiblidad de estudiar en el extranjero. Todo el mundo se entera, al igual que yo, y mi familia y amigos se presentan también para tratar de conseguirla. El día del examen obligatorio, salgo de casa con mucho tiempo para llegar a tiempo. Me dirijo andando al lugar de la prueba y con tiempo de sobra, me dirijo al conserje para preguntarle por el lugar del control. No entiendo cómo pero pasa muchísimo tiempo y cuando encuentro el aula, donde un montón de gente conocida está escribiendo, la examinadora me dice que ya es demasiado tarde para comenzar a hacerlo. No entiendo nada y es especialmente doloroso porque sé que gente importante aprobará y se marchará lejos.

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Alguien mayor que yo, creo que Andrés, nos examina a varias personas de una peli en la que aparece Katie Holmes. Mientras nos lo estudiamos, me doy cuenta de que la peli es en realidad Dawson crece, pero Joey tiene el pelo larguísimo, me fijo mientras se tumba en la cama de Dawson. El examinador quiere comprobar si me lo sé de memoria. Pero en realidad, el resultado depende de que me haya fijado bien en todos los detalles. Recuerdo que la primera cuestión es de cuántas preguntas consta el test de la película. Y contesto correctamente que de 31.

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Y a ninguna le interesa

junio 3, 2008

Juan, el portero del edificio en el que está la redacción donde trabajo, se ha jubilado.
 
Cuando empecé a trabajar aquí, el que era mi compañero, me lo pintó como un facha vejete pero majo al que le seguía el juego por tener alguien con quien hablar en los descansos para fumar. Así que me acerqué a él con recelo, consciente también de la mala leche con la que le describían.
 
Y era cierto lo de su fuerte carácter, nos reñía por dejar los baños sin cerrar o nos hacía bajar por el ascensor si estaba fregando las escaleras. Pero enseguida me di cuenta de que su único objetivo era cuidar del edificio y de la gente que trabajamos en él. Que ningún extraño se colara con aviesas intenciones, que siempre encontráramos el portal reluciente, que no faltara papel higiénico, que cuando a alguien se le olvidaran las llaves, él tuviera una copia y así echarles un cable… Su simple presencia me causaba una agradable sensación de seguridad.
 
Pero para mí, lo más importante era su conversación. La única persona con la que intercambiar palabras en muchas mañanas solitarias, con sus bromas sobre las juergas de orujo que me traigo (con mis botellas de agua, claro) al traernos el correo, alguien que siempre me saludaba con una sonrisa y una palabra amable, al entrar y al salir, que no tenía reparos en compartir retazos de su vida conmigo, una vida repleta de trabajo y, contrariamente a lo anunciado, marcada por la lucha obrera.
 
Aunque, sin duda, lo que más echaré de menos será su costumbre de silbar melodías por los pasillos mientras limpiaba. Las notas de Candilejas o El beso, a lo lejos, en un piso en el que sólo se oye abrir y cerrar la puerta del ascensor, siempre me transmitían buenas vibraciones.
 
Llevo 10 meses viéndolo a diario y me ha dado mucha pena despedirme de él. En el cuarto de contadores, mientras enseñaba sus trucos al nuevo, he bajado a desearle que disfrute de su retiro, que lo merece y con una visible emoción en sus ojos, casi como de abuelo postizo, me ha dicho: “gracias por todo”.
 
Entonces no, pero ahora me pregunto por qué.
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The wicked language of musicals

abril 23, 2008

Algunas características comunes a la mayoría de los musicales de Hollywood:

• Los bailarines reúnen una serie de objetos domésticos y bailan con ellos. El baile con objetos nos hace abandonar nuestra incredulidad y nos empuja a pensar que los objetos han sido colocados ahí para el baile. Semejantes “apaños” (bricolage, como lo denomina Lévi-Strauss) dotan de espontaneidad a los números, aunque en realidad sean éstos el resultado de gran habilidad técnica.

• En la mayoría de musicales se prescinde de la línea clásica del ballet y se introduce un estilo de baile más espontáneo y natural. Ese estilo de baile da la sensación de que no existe coreografía.

• El musical popular rezuma nostalgia por el mítico pasado de los colonos en América. Se utilizan, repetidas veces, dos modelos de canciones para hacernos caer en la nostalgia. El cantar a coro, una forma habitual de la vida diaria (canto de alabanzas, canciones de acampada, siguiendo el ritmo…) vincula la diversión a la comunidad. Por otro, las canciones que pasan de boca a boca son un procedimiento cinematográfico, ya que normalmente no vemos a la gente coreando canciones por la calle.

• Hay dos tipos de números musicales: los de proscenio y los narrativos. En los musicales “de entre bastidores”, es decir, que hablan del mundo del espectáculo por detrás de las bambalinas, mediante tomas de transición vemos que el espectador de la película puede ser incorporado al público de ficción. Mediante la dolly, barridos de cámara y planos por detrás el efecto que se logra es recordarle al espectador que son vistos desde el punto de vista del público del teatro, mientras que a la vez se adentra para presentar la actuación directamente al espectador. En los interludios narrativos se nos anima a compartir el punto de vista de los actores y durante los musicales a convertirnos en parte del público que aparece en la película.

• A primera vista el musical de Hollywood parece constituir una excepción de lo que entendemos por film “clásico”, el cual trata siempre de encubrir su propio proceso de elaboración. El musical, por el contrario, parece estar rompiendo constantemente su brillante envoltorio, de manera similar a cómo lo haría, se supone, un film moderno. Por tanto, aparentemente, este modelo de relato “clásico” no es válido para explicar un formato como el musical. El proscenio crea una distancia para que podamos observar de qué manera se salva esa distancia. El público que aparece en la película se sitúa entre nosotros y la actuación para permitirnos una identificación mayor con la experiencia del teatro en vivo. El discurso directo atraviesa el ámbito del relato para afirmar la tradición del espectáculo cuya historia nos cuenta el film. Y la tecnología se muestra en el interior de las películas para asegurarnos una última mitificación del propio musical de Hollywood.

• Los musicales se construyen partiendo de un doble registro sobre el que se contraponen el relato y los números que definen a la comedia musical como una forma única. La dicotomía que se establece a la hora de contar el relato (ahora narrado, luego cantado) es un modo de presentación distinto al del hilo único más corriente en el cine de Hollywood. La narración en tercera persona se puede considerar un primer nivel, del cual surge otro secundario, presentado en forma de discurso directo y confeccionado con canciones y bailes. La interrupción de la primera persona altera el equilibrio del fluir unitario.

(Trabajo Pigmalión y My fair lady, LGP)

Foto: La grandísima Margaret Hamilton interpretando a The Wicked Witch of the West en El mago de Oz (Victor Fleming, 1939). La bruja que más miedo da. La que más pesadillas me ha provocado. Fascinante